Un espacio para evidenciar el gran espectro de experiencias en torno a lo que significa ser hombre en el continente.

Machito es el título que reúne a un grupo de artistas latinoamericanos, y que desde diferentes registros se convocan para pensar, interrogar, problematizar ese gran territorio inscrito en el inconsciente civilizatorio de occidente que llamamos masculinidad. Territorio que se mantuvo sólido por mucho tiempo, pero que desde la emergencia del feminismo, o los feminismos, comienzan a desvanecerse en el aire y abrir nuevas posibilidades para pensarse.

La masculinidad se ha presentado como un territorio que cruzaba como fundamento el sistema sexo-género, masculinidad que fue construyéndose sobre representaciones, mitos, artilugios y performatividades desde que se nos presenta en la infancia como cristalizaciones de lo masculino-femenino en la pedagogía de genero social que reproduce el orden social y simbólico. Y, desde donde uno no podía salir. Escabullirse de ese holograma presentado en el colegio, en la universidad, en la escuela, en la clase de educación física, en el himno nacional, en los padres de la patria, es una larga lista de fugas que hemos sostenido para esquivar y/o soportar los dispositivos patriarcales que han ordenado las sociedades.

Desde ese orden, y resituando esa lúcida frase que Marschal Berman vuelve a convocar sobre la experiencia de la modernidad (todo lo sólido se desvanece en el aire) y que fue rescatada de Marx, me interesa a modo de bosquejo, reunir la experiencia de la modernidad con la idea de la masculinidad, territorios que aparecen sólidos pero que hoy son experiencias que se desplazan y adquieran nuevos tonos, nuevas formas y por cierto puntos de fuga permanentes.

En Latinoamericana hay una cierta tradición desde las Ciencias Sociales, por los menos en las dos últimas décadas, respecto a pensar las masculinidades, incluso esos saberes y aprendizajes tienen una trayectoria derivados de los estudios de masculinidades y sus sintonías, con cercanías o distancias con el feminismo, los estudios de género y queer.

Para el caso que nos convoca, Machito se inscribe desde mi lectura en una inflexión atractiva para volver a problematizar los sistemas binarios, las estructuras patriarcales en los modos de entendimiento de las masculinidades, las interrogaciones desde lenguajes artísticos, performativos, visuales e incluso activistas, respecto a politizar los cuerpos y ponerlos en tensión permanente. Eso significa develar las rituales de la masculinidad, ejemplos en el trabajo de Perro Malo, donde se gestiona la tensión con el cuerpo mujer o el signo mujer y el mantra masculino y eterno de responder al mandato. La metáfora de Marx sobre lo moderno preñado de inquietud y de movimientos constantes recuerda o liga el cuerpo en tensión con lo duro, cuerpo y modernidad, cuerpo y transformación.

En esa ritualidad o develamiento, José Sierra enfrenta la materialidad sutil y blanda del cuerpo masculino con una mole dura y gris, cuerpo y piedra, o cuerpo y masculinidad como peso. Ahí lo sólido intenta imponerse o lo sutil y maleable del cuerpo que quiere fugar, atrapar o dejar ir. Johan Teran por otra parte devela la idea de lo masculino a través de una serie de intervenciones, parches, telas en proceso de construcción, rostros fugados, cuerpo rizomático de lo masculino sin centro. El Hombre de Vitruvio o Estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano en Da Vinci vuelto un cuerpo gordo de un hombre común, productiviza sin duda la idea para desbaratar el modelo impuesto y abrir nuevas epistemologías de lo masculino. En ese mismo horizonte opera el trabajo de Rodolfo Dominguez y sus desnudos masculinos como otredad, o la taxonomía del fetiche hombre-joya, hombre-piel, hombre-artilugio-hombre Arsenio, hombre-máscara insulto de Lontano, donde la fotografía serializa y exhibe el fetichismo en tensión con el cuerpo masculino que nunca estuvo disponible para el ejercicio de la perversión, más bien solo para perpetuar la naturalización de lo perverso en las instituciones de la cultura.

El fetichismo fue objetivado y entregado a las mujeres, los perversos, los monstruos de la modernidad. Andrés Valenzuela propone el gesto del video-performance como una bitácora de tortura del cuerpo-nacional, Chile como un derrame rojo sobre o bajo el signo de la bandera. Los procedimientos aquí se trans-escenifican con los signos patrios, cuerpo-bandera-sangre.

En un horizonte contiguo al trabajo Kevin Kobek piensa el cuerpo como materia orgánica maleable y colorida, como color, como sustancia, estetización donde lo masculino se desvanece o se transforma a un lugar inasible. Por el mismo camino, se reconoce el trabajo de Oscar Milano y Rodrigo Ortega ofreciendo una taxonomía de la kinésica masculina en alteridad a los patrones.

Por otra parte, Felipink juega domésticamente con el cuerpo deseo-animal en el espacio doméstico, canta, dibuja, y extiende sexualidad y sexo, con diferentes tonalidades, donde la frontera entre el amor-sexo-afecto proponen una disolución. Lo doméstico es animalizado, es una oveja emancipada, el lobo ya no puede derribar la casa. En una performance, performatividad en franca guerra a las dicotomías, Ethan Sword levanta cuadro por cuadro o eleva los dispositivos escénicos de la ficción de género a la espectacularidad de la estrella o la celebridad, interroga así las operaciones de construcción genérica desafiando los ejercicios naturalizantes de lo masculino.

Finalmente, Puto Mandinga ofrece en una serie de performance-video o actuaciones de cabaret infernal, tensión entre el espectáculo de lo político y el melodrama. Ahí la transferencia del averno se fija en lo político como farándula y miseria neo-liberal.

Decía al inicio que todo lo masculino se desvanece en el aire, parafraseo y desvío que reproduce en algo las operaciones estético-políticas que ofrece Machito para derribar al Machito y gestionar, bombardear y ofrecer otras materialidades, otros cuerpos, otros juegos posibles en la fuga de otras masculinidades. Las operaciones aquí, con diversos grados de eficacia estético-políticas, ofrecen la posibilidad de perderse y pensarlas. Su valor es la pregunta y su voluntad de saber y poder, reunidas son la clave.

JUAN PABLO SUTHERLAND